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Archive for the ‘Metamorfosis’ Category

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Por qué te entregas a esa piedra
Niño de ojos almendrados
Con el impuro pensamiento
De derramarla contra el árbol.
Quien no hace nunca daño a nadie
No se merece tan mal trato.
Ya sea sauce pensativo
Ya melancólico naranjo
Debe ser siempre por el hombre
Bien distinguido y respetado:
Niño perverso que lo hiera
Hiere a su padre y a su hermano.
Yo no comprendo, francamente,
Como es posible que un muchacho
Tenga este gesto tan indigno
Siendo tan rubio y delicado.

(…)

Él da la fruta deleitosa
Más que la leche, más que el nardo;
Leña de oro en el invierno,
Sombra de plata en el verano
Y, lo que es más que todo junto,
Crea los vientos y los pájaros.
Piénsalo bien y reconoce
Que no hay amigo como el árbol,
Adonde quiera que te vuelvas
Siempre lo encuentras a tu lado,
Vayas pisando tierra firme
O móvil mar alborotado,
Estés meciéndote en la cuna
O bien un día agonizando,
Más fiel que el vidrio del espejo
Y más sumiso que un esclavo.

 (…)

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 Él debía tratar de terminar sus quehaceres a tiempo. La mayoría de esas ocupaciones habían de realizarse en el centro de la urbe. Por eso no era raro que caminara desde la salida de la estación de Metro Santa Lucía hacia el norte mediante la calle Miraflores.

Casi de inmediato apareció una sensación horrible. Aparentaba ser el influjo de una bomba lacrimógena. Cada paso más adelante acrecentaba el aroma a bicarbonato con limón agrio. Pero tras pasar tres cuadras con la chaqueta en la cabeza para evitar la irritación, el hedor se disipó.

Pasaba por Agustinas, Paseo Huérfanos y Ahumada. La gente se movía como sangre en venas y arterias. Esas calles aparentaban ser ríos, carreteras o toboganes. Los cuerpos formaban un caudal uniforme y rápido. Según estadísticas de un estudio de la Universidad Diego Portales, por las calles aledañas a la Plaza de Armas circulan diariamente más de 1500000 personas.

Algo llamó su atención. El gris del pavimento se teñía de otros colores. El calor impaciente seguía ahí. No era el culpable de esa percepción. La razón de ese mosaico visual estaba en un montón de bolsas. Negras o de supermercado. Con tamaño de saco o muy pequeñas. Plásticas y repletas.

El centro se caracteriza por su pulcritud. Según datos de la Municipalidad de Santiago, más de 800 personas son empleadas con fines de aseo y ornato. Claro que no todos se encuentran a cargo de aquel estamento. Más de la mitad de los trabajadores son subcontratados.

Él caminaba por esas calles preguntándose si esas bolsas poseen algo en común. La ciudad se veía más fea. Quienes caminan por ahí sólo miran de reojo a los elementos extraños. No hay dudas de que no pasan desapercibidas. Sin embargo, nadie hace nada.

Él trata de pensar en explicaciones posibles. La más obvia es que los encargados del aseo no sacaron las bolsas. La más rebuscada es que existió algún acuerdo para afear el centro urbano.

Ya no tenía nada más que hacer. Sus trámites habían acabado. Pero seguía preocupado. Desde las bombas lacrimógenas hasta esas teorías extrañas, esa sensación de suciedad estaba siempre ahí.

¿Por qué esas bolsas no fueron recogidas por nadie? Encontró la respuesta sólo cuando se cruzó con algunos trabajadores fiscales cerca del Ministerio de Educación. Un dirigente sindical de esa entidad le dijo que “al mediodía hubo un intento de marcha hacia el Palacio de La Moneda, porque todavía no se llega a un acuerdo para un reajuste salarial justo”. Él le consultó si lo de las bolsas tenía que ver con eso. Otro trabajador le dijo que sí. Agregó que “los basureros son los que se llevan una de las situaciones más complicadas, porque sus sueldos son muy cercanos al mínimo”.

Lo que le intrigaba era cómo un hecho político como una huelga podía ser capaz de fomentar la proliferación de contaminación. Un escalofrío le recorrió la espalda en tres segundos. Todo tenía relación con el resto.

La basura quizás era la metáfora que explicaba esas macabras relaciones. La gente saca la basura. Se confía en que los basureros recogerán las bolsas repletas de desechos. Los trabajadores confían en que sus condiciones de empleo mejorarán. Pero eso no ocurre y caen las huelgas. Las bolsas inundan las calles. La contaminación aparece.

Él caminaba. Sólo caminaba. Pero cada paso era una vuelta al asunto. Cada paso se convertía en nuevas bolsas que avizorar. Cada paso le decía que eso podía ser perjudicial. Era como estar en un vertedero recién inaugurado.

Manuel Baquedano, presidente del Instituto de Ecología Política, le dijo que “la falta de políticas públicas en relación al medio ambiente se nota en situaciones como ésta. Si los recolectores de basura hacen una huelga de dos o tres días, la ciudad huele y se ve sucia. Y por eso faltan ideas para reciclar, para ser más conscientes de lo que se excreta. El Gobierno se debe encargar de este tema”.

El Gobierno. La Moneda se veía tan blanca, pese a la cantidad de bolsas en las cuadras previas. Daba la impresión de que esa cotidianeidad estaba fuera de las decisiones inmediatas que se toman cada día en ese lugar. No hay bolsas negras con moscas merodeando. No hay olores fétidos que obligan a caminar más rápido.

La gente se miraba. Unos a otros hablaban con la mirada. Tal vez pensaban que el Gobierno debería subir un poco más los sueldos de los empleados fiscales. Otros quizás no notaban los hedores. Los demás trataban de no pensar en tonterías.

Él veía el anochecer. No podía sacar nada en limpio. El titular de La Segunda decía que el acuerdo entre la ANEF y el Gobierno era algo inminente. Sin embargo, nadie podría pagarle a la ciudad alguna compensación por el mal rato.

Al final, mientras él subía al Metro en la estación La Moneda, sólo le quedaba seguir el consejo de Los Ex. Se puso los audífonos y movió la cabeza al ritmo de la música, mientras tarareaba “Sacar, sacar, sacar la basura, sacar…”

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